28/9/08

La europeidad al palo

Prologo a la edición "argentina"

Hace una semana el único diario deportivo del país titulaba , en un recuadro en la parte superior de su site,"Dura denuncia". El titular se refería a la supuesta declaración (¿discriminatoria?) del arbitro Saúl Laverni, que derivó en el escandalo con el presidente de Gimnasia de Jujuy, Raúl Ulloa, al finalizar contra Argentinos Juniors.

"Laverni nos trató de bolivianos..." ampliaba el site al darle click a la nota, lo cual generó la renuncia al cargo de presidente de la institución jujeña por sentirse humillado y discriminado. "Viva Jujuy!" se lo vió en los medios audiovisuales gritando con orgullo.

Sinceramente lo primero que pensé, mientras miraba al alterado jujeño en Fútbol de primera, fue: "la nota de manu". Es por ello que, a continuación, les dejo este artículo del jóven Manuel Bernal, publicado en la edición número 4 de la revista Quedishu? Quizás la nota ayude cómo guía para una posterior reflexión interna del rol que tienen los medios en la construcción del sentido común, como así también para repensar la relación nosotros - otros y nosotros - nosotros.

Dieggae

La europeidad al palo

¿En qué radicará el sueño - ilusión – creencia de la “europeidad” argentina? Esa noción, que inunda consciente e inconsciente el discurso y la percepción de sí mismos y de su país de muchos y muchas compatriotas, cae ante la fuerza de la evidencia cuando se abandonan las fronteras del país de los laureles conseguidos, al que los pueblos del mundo rinden salud.

Al abandonar Argentina, al entrar en contacto con otras formas de ser, de ver, de vivir, es casi inevitable caer en la conclusión de nuestra pertenencia a un continente adorable en su locura, en su historia hecha más de llanto que de alegrías, más de cabeza gacha que de brazos en alto. Al continente donde la risa tiene cara de nene y donde los abrazos forman parte del paisaje cotidiano.
Es cierto, sin embargo, que la diversidad deja verse en cientos de cosas. Pero no es razón ésta para comparar y caer en delirios de grandeza sin fundamento, si no más bien para acrecentar el origen común de nuestras costumbres con la historia de un continente, poniendo énfasis en las pequeñas cosas que nos diferencian y nos constituyen en individuos. ¿Sabrán de la hospitalidad y amabilidad boliviana los cerebros carcomidos por la escoria xenófoba que se consideran superiores a nuestros hermanos del país limítrofe? ¿Estarán al tanto de la riqueza de sus costumbres y expresiones culturales quienes basan su ganancia en la superexplotación de hombres y mujeres que deben abandonar su país de origen sin más opción que ser carne de cañón de nuestra voracidad acumuladora, blanco de tiro de los dardos del fascismo argentino?
Las caras de quienes escuchaban de mi boca que el insulto más hiriente, en el mundillo del fútbol argentino, es ser boliviano o paraguayo, era una mezcla de incredulidad, rabia y otros ingredientes no menos tristes. ¿Qué sentirían los representantes de la argentinidad, de la europidad americana, si escucharan a la hinchada de Bolívar agitando a adversarios compatriotas con el clásico “son de Argentina y Paraguay…”? Imagino sus caras de asombro y la herida al orgullo de ser argentino desparramando ácido en sus vísceras pseudos europeas.
El origen de esa supuesta pertenencia argentina a una estirpe europea que, por error, ocupa el suelo más al culo del mundo, puede radicar tal vez en la ausencia de rasgos indígenas en muchos y muchas de nosotros. Prejuicio arrastrado, tal vez, desde la colonia, cuando las mentes invasoras creyeron ver la inferioridad de los pueblos originarios. Punto que refleja también el nivel y la crudeza del exterminio al que fueron sometidos nuestros antepasados, hijos del sol y hermanos en la tierra. La creencia en nuestro ADN foráneo radica más en una cuestión de sentido común que en una determinación de clase, porque no es sólo propia de los sectores dominantes.

Salirse de las fronteras argentas es vernos en contexto. Es relativizarnos sin quererlo y vernos desde afuera. En el país donde el que toma mate en la plaza es bicho raro, donde se come de todo a toda hora, donde la cerveza no se toma fría. En el país donde uno se siente en el corazón mismo de América latina, donde el carnaval es casi más sagrado que el himno. En el país donde nacen los futuros blancos de la discriminación y estereotipación de nuestros voceros mediáticos. En este lugar encantador, donde el lujo es vulgaridad, sin lugar a dudas, descubrimos que somos uno más entre los tantos países de nuestro continente, de nuestro mundo. Y también que es malo que los espejos de las fronteras dibujen de nosotros figuras que no sólo no somos, si no que ni siquiera debiéramos intentar ser.
Manuel 77

1 comentario:

Evi dijo...

Excelente, Manu